Con una deliciosa marcha de acercamiento hemos iniciado el ascenso a este par de montañas sublimes. El traqueteo y las dos descomposturas de la camioneta que nos transporto hasta el lugar conocido como “La Virgen” las hemos olvidado rápidamente. Y ahora, encontrándonos rodeados de un bosque de ensueño de “Polilepis”, árbol característico de los andes, que como tiras su cubierta se va descarapelando, por lo que es también conocido como el árbol del papel, es la puerta de entrada a estas montañas gemelas. Las dos son totalmente opuestas una de la otra, quedando como vestigio de una violenta explosión volcánica en posición dispuesta una frente a la otra, exactamente en el borde de un cráter destruido. La pertinaz lluvia helada nos acompañará este primer día a lo largo del empinado camino hacia el Refugio “Nuevos Horizontes” a 4,845 mts de altitud, calándonos hasta los huesos. El agua nos escurre por todo el cuerpo filtrándose por todos los resquicios, haciendo desagradable el contacto con nuestra empapada ropa. No podemos ni por un instante detener el paso, ya que inmediatamente empezamos a tiritar sin control. Las mochilas van cargadísimas y nos merman drásticamente el ritmo de nuestro paso, haciéndolo sumamente lento. La espesa niebla no permite orientarnos y seguimos a veces por un camino muy marcado, pero en otros lugares desaparece, haciéndonos dudar por donde continuar. Nos hemos mantenido unidos para no extraviarnos, ya que nadie de nosotros cuenta con alguna tienda para pasar la noche, así que es obligado dar con él. Nos habían indicado nuestros amigos ecuatorianos, que estuviésemos muy atentos con la casi invisible desviación que conduce al Refugio, la cual la buscamos afanosamente para no pasarnos, ya que es la clave que nos llevará hasta él. Afortunadamente, ya casi anocheciendo damos por fin con su ubicación. Nos da la bienvenida muy amablemente el Guarda y se apresura a prender la estufa para prepararnos un reconfortante café. Ponemos a secar la ropa y nos cambiamos inmediatamente. Es un Refugio pequeño, pero muy agradable para estar acomodadas unas 12 personas, cuenta con literas, cocina y una mesa para comer decentemente. La madrugada es clara y nos levantamos presurosos para ir al Illiniza Norte de 5,126 metros. Nuevamente, el Guarda cuyo nombre es Celso Zuquillo y sin pedírselo, se levanta a preparar agua caliente y a despedirse de nosotros, deseándonos buena suerte. Esto nos parece un gran detalle de parte suya. A lo largo de los años que he tenido oportunidad de ascender montañas, estoy convencido que tanto los porteadores, arrieros, guardianes, etc, son claves fundamentales para el buen éxito de cada expedición planeada, e indudablemente, estos deben ser tratados con nuestro mayor respeto y afecto. Seguro que ellos nos lo regresarán de igual forma, además de esmerarse en darnos un servicio de excelencia. La laguna azul turquesa que se encuentra precisamente en el centro es la división para tomar hacia la cresta del Illiniza Norte. En ella se ve reflejada esplendorosamente la luna, iluminándola con una luz brillantísima. | Toda la cresta es rocosa y hay una vista magnífica del Cotopaxi, rodeado con un mar de nubes en su parte baja, dejando ver más de la mitad de su cono nevado. Seguro van a tener un buen tiempo ahí. Ese será nuestro próximo objetivo dentro de unos días. Una travesía muy nevada nos hace sacar el cable para pasar asegurados uno por uno. A partir de aquí, se asciende por rocas muy inestables hasta alcanzar la cruz de la cima. Para muchos, esta ascensión solo es hecha para lograr una buena aclimatación para aspirar a otras montañas más altas. Sin embargo, para nosotros nos parece una vivencia extraordinaria y no solo de trámite. Me sorprende que la cruz de la cima este un poco retorcida, muchos impactos de rayos habrán caído sin duda en este lugar. La vista hacia la cumbre del Illiniza Sur de 5,248 parece alcanzarse con solo estirar la mano. Se encuentra a tan solo un kilómetro de distancia en línea recta. Los gemelos son muy diferentes. Mientras el Illiniza Norte es pura roca, el Sur tiene glaciares y está cubierto de nieve, inexplicablemente, ya que prácticamente tienen la misma altura. La caída de rocas en el descenso nos pone muy tensos y empiezan los gritos repetidos de ¡piedra, piedra! Y tenemos que poner nuestra máxima atención en ver en donde y como pisamos para no desprenderlas. Afortunadamente, pasado esto la llegada al Refugio se hace de manera muy relajada. Preparamos una frugal comida e invitamos a comer junto con nosotros al estimado Guarda, el cual se desconcierta, y nos confiesa que se siente extraño, ya que ningún “gringo” tiene alguna atención hacia él. Durante la noche, el viento y la nevada hacen su aparición y continúan hasta cuando salimos del Refugio. Ahora, nos dirjjimos al Illiniza Sur con todo el equipo para escalar en hielo. Una espesísima niebla rodea todo. Las luces de nuestras lámparas frontales se pierden y no alcanzamos a distinguir donde nos ubicamos. Empezamos a subir y subir por lugares muy complicados, lo cual nos parece muy raro, porque es puro terreno rocoso sin ninguna señal de nieve. Y aquí se desarrolló la anécdota más inverosímil en mis 30 años de montañista: ¡llegamos nuevamente a la cima del Illiniza Norte! Nos destornillábamos de la risa, y dándonos palmadas y abrazos lo celebramos alegremente. Nunca había pasado por algo así. Era el Guía y fui blanco de todas sus burlas. En ese tiempo no existían los GPS. Con ello, no creo que hoy sucediese esto mismo a otros. Hoy tenemos que regresar a Quito. El Illiniza Sur quedará para otra ocasión. |