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El Cayambe: La montaña de la mitad del mundo. Print E-mail
Alta Montaña
Written by Raymundo Arciniega Dettmer   
Sunday, 22 February 2009 18:00

 

El Cayambe: La montaña de la mitad del mundo

 ECUADOR: la latitud cero grados, la mitad del mundo, montañas, tórrido sol y calor, selva, frío y nieve, todo compactado en este pequeño país. El Cayambe lo habíamos dejado pendiente por un montón de excusas sin sentido, sin embargo, cuando realmente nos decidimos ascenderlo, en ella hemos encontrado vivencias diferentes, porque la subimos sin prejuicios y sin prisas, y nos transmitió una fascinación y una paz sin igual.

foto tomada por Raymundo Arciniega

 

En Ecuador existe una gran variedad de maravillosas montañas, y que por su singular disposición en su ubicación se les conoce como el “Callejón de los Volcanes”. El Cayambe es la gran elevación central en esta basta e increíble accidentada avenida. No es la montaña más difícil, ni la más elevada, pero sin duda, su belleza es incomparable y poderosa y eso es lo que nos ha atraído como ninguna otra en los Andes Ecuatorianos.

 

Desde cualquier punto que se le mire, luce apabullantemente grande, como un barquillo gigantesco, que se eleva inconmensurablemente hasta el azul del cielo, como un coloso centinela blanco. Su cumbre nevada se halla rodeada de grandísimas y profundas grietas, así como de peligrosas cornisas que ha simple vista parecen inescalables. La prodigiosa naturaleza la ha puesto precisamente allí, como un monumento eterno a las divisiones del globo terráqueo, ya que su cima se encuentra ubicada exactamente en la latitud cero grados.

 

De Quito, la capital ecuatoriana, viajamos por alrededor de una hora hacia el norte por la carretera Panamericana, precisamente hacia la ciudad de Cayambe, un pueblo pintoresco famoso por sus grandes variedades de quesos y deliciosos yogures, así como también, de su pan recién horneado.

 

Contratado el transporte, nos dirigimos dando tumbos en una destartalada camioneta, primero por un camino empedrado rumbo hacia la Hacienda Pie de Monte, y después, por un maltrecho camino rumbo hacia la cascada de Los Mirlos, en donde definitivamente nos apuro el chofer a descender, ya que en inumerables ocasiones estuvimos a punto de resbalar  hacia los precipicios de este accidentado camino.

 

Para los suertudos que alcanzamos lugar dentro de la apretujada cabina, solo hay que estirar las piernas para estar listos para iniciar la marcha, pero para los que viajaron en la parte trasera descubierta, se encuentran bañados de polvo y tierra, y por si fuera poco, ateridos por el viento helado que soplaba.

 

De aquí, seguiremos en medio de los páramos hacia el Refugio, pero  la montaña ha sido totalmente cubierta totalmente por la nubosidad. A veces, se vuelve tan tenue que podemos adivinar sus formas.

Después de una hora, y bajo una lluvia muy fina arribamos al Refugio “Berge-Oleas-Ruales “construido por el Colegio San Gabriel  a una altura de 4,700 metros sobre el nivel del mar, designado así en memoria de esas tres personas, que fueron arrastradas por una avalancha de nieve que se desprendió muy cerca de la cumbre  el 13 de abril de 1974.

 

La construcción de este Refugio, se encuentra ubicado en uno de los lugares más impresionantes de las montañas ecuatorianas: sobre el “Glaciar Hermoso”  un glaciar muy similar al del Everest el  “Khumbu” pero en pequeño, con un caos espantoso de grietas, que serpentean a lo largo de toda su extensión.

 

La impresión que nos causa el Refugio es de primer mundo: luz eléctrica, cocinas con gas y perfectamente equipadas, literas con colchonetas, agua corriente, y con algunos alimentos y bebidas. Obviamente, estar rodeado de tantos lujos cuesta, y a cada persona nos despluman 15 dólares para disfrutar estas comodidades.

 

El resto de la tarde la ocupamos en reconocer la vía de acceso al glaciar, ya que su disposición parecía complicada entre algunas paredes de roca color negra y arenales que zigzagueaban erráticamente.

 

A la una de la mañana ya estamos en marcha: Pareciera que la montaña estaba dormida. Nos envolvía una profunda y silenciosa calma, sin una brizna de viento y tan solo se escuchaba el ritmo de nuestra agitada respiración, que tratábamos de aquietar para no molestarle y despertarla.

foto tomada por Raymundo Arciniega

La noche nos ofrecía un espectacular cielo. Una infinita majestuosidad de puntos cuyos matices iban de blanco brillante al naranja débil y lejano, del azul claro al rojo incandescente y al verde esmeralda. La belleza cósmica nos impulsaba a ser simples vagabundos observadores de las estrellas.

Ubicar la complicada entrada al Glaciar no nos cuesta trabajo, ya que la prevención de la tarde anterior de venir hasta acá nos ha ahorrado mucho tiempo. Nuestro ritual de equiparnos y encordarnos nos lleva  solo breves momentos, pero tan solo dejamos la protección de la última pared rocosa, la furia del viento enloquece y somos embestidos sin misericordia. Es un viento brutal y heladísimo, que paraliza nuestros movimientos  y que buscaba introducirnos nieve polvo en cualquier resquicio de nuestro cuerpo.

 

Poco a poco vamos ascendiendo manteniéndonos en precario equilibrio, y al saltar las primeras grietas, se oyen crujidos como de cristales que se rompían en mil pedazos, era como si el hielo se lamentara de que lo pisáramos con nuestros afilados crampones. Con el rayo de nuestras pequeñas  lámparas frontales, iluminábamos las tremendas grietas que parecían obscuras rendijas que podían devorarte sin dejar rastro. La tensión para todos era total mientras íbamos ascendiendo.

foto tomada por Raymundo Arciniega

A veces, el débil puente cede a nuestro peso y la pierna se va a la eternidad negra, en otra el puente luce tan delgado que hay que cruzarlo arrastrándonos hasta el otro lado. No nos permitíamos ningún error y a cada rato había que estar asegurándonos.

 

Empezó aparecer aunque pálida la luz del sol. Es una mañana esplendorosa donde surge un reino que ilumina, calienta y reconforta.

 

El abrir huella en la nieve hasta las rodillas se hace muy duro para cada uno de nosotros, pero nadie se queja, y nos relevamos continuamente la punta.

 

Por fin, hemos salido a la cresta que conduce a la cima principal  de 5,790 metros de altitud, es la tercera mayor altura de Ecuador. Son casi las ocho de la mañana y la vista que nos depara es maravillosa y esplendorosa.

 

Abajo, decenas de lagunas que salpicadas como puntos turquesa sobresalen brillantes de los extensos y desolados páramos, las cercanas y desconocidas paredes del cercano Saraurco, las inmensas masas del Antizana y Cotopaxi, y las verdes y ricas llanuras del Valle de Cayambe, no es de sorprenderse que de ahí proviene el nombre de esta montaña de ensueño “agua que da origen a la vida”.

 

Es algo singular que en esta cima se puede estar con un pie en el hemisferio norte y con la otra en el sur. Así de especial es esta montaña.

 

Ahora, hay que descender rápidamente, las montañas ecuatorianas se vuelven una trampa cuando por los efectos del sol, la nieve se reblandece y se convierte prácticamente en un pantano. Además, los puentes de nieve que atraviesan las grietas se vuelven peligrosamente frágiles.

 foto tomada por Raymundo Arciniega

Tenemos que descender virtualmente corriendo. Durante el ascenso, hemos colocado escrupulosamente varias banderas de señalización que nos marcan el camino agrietado. Este detalle es importantísimo, ya que la montaña ahora esta cubierta por una densa niebla y es difícil orientarnos.

 

Entramos en el Refugio exhaustos, pero cada uno de nosotros luce una radiante sonrisa que aflora. Esta experiencia ha hecho mella ya que para la mayoría es su primera montaña fuera de México, y ha actuado de diferente manera e intensidad, y es por esto último que seguiremos ascendiendo, siguiendo la voz del infinito, seguiremos al viento y al frío para siempre tener memorias imborrables.

Raymundo Arciniega Dettmer

 

 

 

 

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