La frialdad y el vacío de los números en la escalada

Este artículo fue escrito por Raymundo Arciniega Dettmer, publicado por primera vez el lunes 8 de abril de 2013, 14:20, en la revista e-LTE.

Un escalofrío recorre mi espina vertebral cuando a mi cuenta de facebook me llega alguna notificación de algún “encadene” de un “proyecto” ó “problema” “trabajado” desde hace tiempo atrás por alguna persona de tal ó equis grado de dificultad muy alto. Toda la banda escaladora lo alaba y felicita al hacedor de este hecho. Mi interior se sacude dejándome perplejo, anonadado y además abatido. ¿Qué diablos ésta ocurriendo?
¿Será justificable y válido machacar y machacar movimientos repetitivos y memorizados trabajando rutas, restringiendo y atrofiando la frescura, la espontaneidad y la libertad de la escalada, basados y contenidos en algunas pequeñas secuencias de metros de roca?
Para muchos, éste es el único camino invariable a tomar para conseguir sus objetivos medidos y clasificados en un grado de dificultad.
Mis inicios en la escalada fueron experiencias muy gratificantes y es por ello que estoy seguro que éstas todavía no se han caducado a pesar de que han pasado tres décadas. Mis visionarios y siempre serios instructores de esos tiempos nos conminaban en todo momento a cada uno de nosotros a “vivir la experiencia de la escalada” en cualquier lugar donde fuésemos.
Los recuerdos se agolpan en mi mente y acuden nítidos y brillantes como si hoy mismo hubiese sucedido. Podría mencionar un sinnúmero de rutas como el “Viaje Mágico y Misterioso”, “Marlon Brando”, “Tapires” ubicadas en el Cuarto Dínamo, la “Cabaretera” en Aculco, La “Transversal de Las Ventanas” en Pachuca, “Mosquitos” en Perros, “Dedos de Klart Kent” y la “Pulcata” en los Remedios, y un muy largo etcétera de otros lugares de aquí y fuera de México, qué transformaron y me dejaron profunda huella por siempre por lo que me transmitió y dejo su escalada.
Y cuando nos reunían a pie de vía y nos comunicaban que hoy escalaríamos esa ruta, inconscientemente, al unísono ávidamente les preguntábamos que grado de dificultad tenía. Palmeándonos la espalda amigablemente y sonriendo solo nos contestaban: ¡Disfrútenla al máximo muchachos! ¡Ustedes pueden! Jamás nos hablaron de grados ni dificultades, si ésta era fácil o difícil, así que estaba prohibido terminantemente hablar de los grados abiertamente.
Por supuesto, los instructores eran realistas de nuestras posibilidades y nunca se permitieron “embarcarnos” irresponsablemente en algo mucho más allá de nuestros niveles y nos animaban al máximo en donde los riesgos parecieran asumibles cuidando siempre de no tener peligrosas consecuencias.
¿Qué podía ser más estimulante y constructivo que escalar cualquier pared vertical en donde todos éramos despojados previamente de éste prejuicio y paradigma del grado?
Esto me enseño e influyo de por vida a entender la escalada desde un punto de vista de las sensaciones y de las vivencias que la roca me transmitiese. Pude observar con gran detenimiento como al llegar a cualquier zona de escalada donde nos llevasen de práctica, como se acercaban ceremoniosamente a “sentir” y “tocar” la roca, y frotaban sus manos con ella para sentir su textura, su temperatura y sus formas.
Poco a poco fui comprendiendo que el fin de la escalada era hacer movimientos armoniosos sobre la roca, donde la mente se abría por completo en conjunto con todos los sentidos. Era buscar y sentir ese descubrimiento en encontrar la clave de cada paso para elevarnos.
Adentrarnos en el color y el olor de la roca, sus rugosidades, las vistas que nos deparaban desde arriba, la interrelación con nuestro compañero de cordada, el cultivar el crecimiento interno, la confianza en nosotros mismos, ser positivos, divertirse, gozar, sentirse bien, eran el objetivo sin más de escalar, no importando nunca ni el grado ni la dificultad de la ruta.
Por supuesto, esta visión de la escalada permitía también que una vanguardia de escaladores imaginativos e innovadores fomentase un avance de la escalada cada vez más hacia la dificultad. Así que el actual perfeccionamiento de las técnicas, el entrenamiento físico dirigido y los avances en el material habrán de conducir inevitablemente hacia la apertura de vías increíblemente difíciles. Es imposible detener esto y es intrínseco para la escalada. Esta visión no está peleada ni divorciada con ello.
Sin embargo, el mundo actual donde todo tiene que estar medido y encuadrado a la perfección ha destinado irremediablemente a la escalada a valorarse según el grado y la dificultad, olvidando y desechando la esencia de la misma. Hoy, en cualquiera de las numerosas tiendas de montaña podemos encontrar las guías de cada zona de escalada, especificando los grados de dificultad de cada vía y el material exacto e indispensable para treparla, pero se han olvidado de vendernos las sensaciones, vivencias, satisfacciones y alegrías que nos deparara cada una de ellas.
Me deja atónito también cuando alguien en su soberbia y su arrogancia anda presumiendo sus “colecciones” de rutas, que ya hizo tantos onces o doces y que va por más como si de un récord absurdo y vano se tratase. Hoy, el enfoque del entrenamiento es contar y sumar cada uno de los movimientos efectuados en una sesión para establecer una carga de trabajo, o un día de escalada reducirlo simplemente a sumar ó completar algún número concreto de vías o de metros escalados, es decir, números y más números ¿qué sentido tiene esto empobreciendo y reduciendo la experiencia?
Muchos desdeñan y menosprecian escalar ciertas rutas porque simplemente no le son atractivas ya que son consideradas “accesibles” ó “fáciles” y se niegan permitirse terminantemente ese disfrute genuino de cualquier vía de escalada, considerando y obedeciendo a la nueva tendencia que dicta que tienen más valor y mérito emprender y afrontar los grados altos bajo cualquier circunstancia. ¿Porque esa obsesión recalcitrante?
¿Qué puede significar para la escalada un 5.13b, un 7c+, un IX, un A4, o un simple (-) o (+)? Indudablemente, estos son números y signos mucho muy fríos y vacios, intangibles y sin vida. El conocer la graduación de la dificultad de las vías solo puede sernos útil exclusivamente para saber el nivel donde nos encontramos y para orientarnos adecuadamente a la hora de intentarla.
La verdadera mística de la escalada tiene que ir mucho más allá de eso, buscando esencialmente sensaciones y emociones intensas, es evitar que la escalada se convierta en unos forzados y mecánicos movimientos para superar un puñado de números, letras o signos. Es adentrarse en el profundo terreno de la aventura interior con imaginación y con la mentalidad abierta soñadora e ilusionada… y sí, no importando nunca jamás el grado…

Afrontar rutas de todo tipo sin desdeñar ni menospreciar ninguna es estar abierto al aprendizaje y a la vivencia de la roca.

5/6

Fotos por: Raymundo Arciniega Dettmer

Escrito por: Raymundo Arciniega Dettmer

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