Los volcanes desnudos o la nostalgia de la nieve

 La laguna verde turquesa en el interior y fondo del cráter del «Popo», con las pequeñas pero irritantes y olorosas nubes de fumarolas saliendo de las calientes «azufreras».

Casi treinta años transcurridos son muchísimo tiempo, y para un joven  como lo era en aquel tiempo, significan toda una vida. Ese es exactamente el tiempo que se ha pasado volando desde entonces,  y un puñado de chamacos ávidos de poner en práctica las modernas técnicas de la alta montaña, cada fin de semana estábamos trepados en nuestros maravillosos y nevados volcanes. No dejábamos escapar a ninguno de ellos.

No podíamos pedir nada más. Éramos muy afortunados ya que indudablemente, nuestro instructor era en esos gloriosos tiempos el mejor de México. El gran Enrique Miranda Padilla, quién había participado en 1982 en la primera expedición mexicana al K2 en conjunto con montañistas polacos, así como había dirigido otras tantas muy importantes a la Cordillera Blanca del Perú (Huantsán, Alpamayo, Chacraraju), así que su experiencia era inigualable y confiábamos ciegamente en él.

La espectacular salida del Colador de Ayoloco del «Izta», la más larga pared de hielo que se encontraba en esta montaña

Él había podido cristalizar estos sueños y nos alentó a que también nosotros aspiráramos algún día a tenerlos y realizarlos. Nos enseño que desde la cumbre de estos hermosos volcanes podíamos vislumbrar un horizonte inagotable de montañas en cordilleras lejanas de otros países.

Campamento en la panza del «Izta». De todas nuestras permanencias en este lugar, la más larga tuvo una duración de 15 noches y era una miniexpedición por la lógistica para su planeación.

Nos inculcó que la práctica de la alta montaña debe de hacerse basada en una férrea disciplina, y nos espoleaba a realizar agotadores entrenamientos físicos, a actualizarnos constantemente en las técnicas y a leer como dementes todos los temas referentes a las montañas. Era un motivador extraordinario.

El metro Candelaria era nuestro punto de partida para iniciar la gran aventura. Nadie de nosotros contaba con automóvil en que irnos, así que había que transportarnos en un microbús que nos llevara y nos regresara, atascado siempre hasta el tope de mochilas, y el cual a veces nos dejaba colgados allá arriba y había que regresarse como podíamos.

Esos volcanes nos enseñaron de todo y fueron nuestra gran escuela, no, que decir escuela, una “universidad” del saber para poner en práctica lo aprendido. Aunque las rutas las repetíamos una y otra vez, nunca nos aburrieron ya que cada vez era algo diferente, y nunca dejamos de aprender en ellas ni a perderles el debido respeto.

Como no recordar la “Directa” y “Central” del Popo,  y en el Izta las “Agujas”, la “Arista de la Luz”, la “Rampa de Oñate”, “la Directa al Pecho”, “los Corredores”,  y “el Glaciar de Ayoloco”  que fueron unas rutas extraordinarias con sus grandes recorridos.

 La bellísima y afilada Arista del Sol en el «Izta» que une a la «Panza» con el «Pecho». Al fondo el «Popo».
Borde del cráter del «Popo» visto desde el Labio Inferior hacia el Superior. Para llegar a la cumbre mayor había que irlo bordeando haciendo la ascensión grandiosa.

La escalada en terreno mixto no faltaba y las “Inescalables” en la cabeza del Izta y el “Abanico del Ventorrillo” nos ponían a prueba hasta el máximo con las constantes caídas de rocas, que nos aterrorizaban y a nunca por ningún motivo desestimarlas.

Lo más atrayente para nosotros era sin lugar a dudas, la escalada en hielo, y el “Colador de Ayoloco” y los “Glaciares Orientales” del Izta eran un mundo lleno de vivencias y desafíos sin igual, así como las verticales y siempre difíciles “Grietas” del Popo.

Llego 1984 y realizando el servicio social para la carrera de Geografía que estaba en aquel tiempo estudiando, tuve la oportunidad junto con glaciólogos franceses de hacer mediciones de los glaciares tanto del Popo como del Izta, determinando que el de la “Panza” y el glaciar “Central” del Popo tenían unos 40 metros de espesor. Nunca paso por mi cabeza que estos algún día desaparecerían. En mi juventud esto se me antojaba muy lejano e imposible que algún día ocurriese.

Al volar hacía Argentina al Aconcagua en 1994, el avión apenas despegando nos hizo ver una gran fumarola gris emanada del Popo. Después de ello en Mendoza, nos enteramos de su erupción. Debido a esto, este volcán se había cerrado definitivamente para ascenderlo. Era una gran perdida y una gran decepción para nosotros.

Hoy, me da pena y tristeza ver a mis volcanes por completo desnudos. Me duele no poder pisar una vez más su hielo y su nieve. Que agradable era oír el sonido de nuestras botas pisando y hundiéndose en la nieve profunda y el de los afilados crampones enterrándose en el cristalino hielo verde azul.

Magnífica vista el «Popo» desde el Paso de Cortez, con las paredes del Ventorillo a la derecha y donde era posible practicar algunas vías de escalada mixta. 
Vista del «Popo» desde los portillos de los pies del «Izta» muy cercanos al desaparecido Refugio «Esperanza López Mateos» a una altura de unos 4,650 metros de altitud.

La melancolía y la nostalgia de todo esto me nubla los ojos. Hoy solo quedan simplemente recuerdos. Todo esto definitivamente se acabo. Inexorablemente e irremediablemente se extinguió, se derritió y se fue, quedando como un yermo desierto descarnado.

Que añoranzas aquéllas cuando en un solo día subíamos el Popo y el Izta para entrenarnos antes de partir a nuestras expediciones al Himalaya y a los Andes. O nuestras grandes estadías en la “Panza”con campamentos para probarnos a dormir a cinco mil metros para ver que se sentía.

Pero algún día me sentí ridículo cuando descendía a la “Panza” después de subir al “Pecho” por la “Arista de la Luz” junto con varios de mis alumnos de un curso, y veníamos todos con botas plásticas, bastones y crampones y nos paso en ascenso como bólido un “corredor” vestido con tan solo tenis y shorts, rebasándonos sin misericordia y reprimiéndose una carcajada al vernos de esta manera afrontar la montaña. La debacle había empezado y el fin se acercaba.

No quería aceptar que esto había cambiado ya y drásticamente para siempre.

Esta Navidad pasada de 2010 fui a visitarlos para no olvidarme de ellos. Ya casi no lo hago muy frecuentemente, por lo que me paso desafortunadamente en mi pierna. Pero no quiero, ni puedo, abandonarlos completamente por todo lo que me dieron. Estos volcanes fueron mis grandes maestros no solo de montaña, además, me dieron la oportunidad de conocer a mis mejores amigos y a mucha gente inestimable, y me gané el pan por mucho tiempo gracias a ellos. No me queda más que estar muy agradecido por esto.

Esa última vez,  me encontraba junto con mi familia en “La Joya” y coincidí con cuatro jóvenes que llegaron en su Hummer y se empezaron a equipar deslumbrantemente para subir. Observé que todos ellos contaban con súper modernos piolets técnicos, tornillos de hielo de titanio, anillas, casco y todo lo imaginable para escalar, así como una carísima y elitista vestimenta de montaña.

 Y la verdad no me pude reprimir la curiosidad por enterarme que iban hacer con tanto equipo allá arriba. Me imagine que habían descubierto alguna nueva zona de escalada que nunca la había visto durante mis ascensos de todos estos años. O quizás, iban a practicar algún dry tooling en alguna pared de roca seca. Estaba seguro de ello y me dio gusto imaginar que se estaban haciendo cosas que en mis tiempos eran impensables, así que me decidí preguntarles.

Encogiendo sus hombros uno de ellos, la respuesta que me dio fue lacónica y parca: “na’mas señor”…

Esto me sirvió para compartirles a mis dos pequeños hijos que vieron esta caricaturesca escena, así como la respuesta que me había dejado estupefacto, que su padre junto con su madre algún día no muy lejano escalaron hermosas y enormes paredes de hielo allá arriba, pero cuando les cuento esto, ambos me ponen cara de incrédulos ya que se les hace inimaginable. Y también, a su corta edad, no se explican para que subíamos, no alcanzan a comprender todavía algún sentido lógico ni práctico el subir montañas.

Sin embargo, hoy a mis volcanes los veo como unos bondadosos padres que se han ido envejeciendo poco a poco e inevitablemente, pero que aunque su apariencia física a cambiado, siempre tendré la seguridad que estarán ahí esperándome con sus brazos abiertos, y nunca los voy a dejar de querer estén como estén, y que jamás también, los voy a poder olvidar…..

Una de las pocas nevadas sobre la Cañada de Alcalican a los pies del «Izta» por debajo de La Joya. Las paredes de roca que se observan son de las más grandes en dimensión cercanas al D.F.
El «Izta» desde La Joya después de una impresionante e inusual nevada de cinco días seguidos a mediados de 1991. Nuestros autos estuvieron atrapados por cinco días más hasta que un tractor fue sacándolos arrastrándolos uno por uno. La nieve los cubrió hasta donde inician las ventanillas y la nieve nos llegaba en algunos lugares hasta la altura de nuestro pecho. 

Fotos por: Raymundo Arciniega Dettmer 

Este artículo fue escrito por Raymundo Arciniega Dettmer, fue publicado por primera vez el viernes 25 de marzo, 13:50, en la revista e-LTE.

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