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Canada Rocallosas

Este artículo fue escrito por Raymundo Arciniega Dettmer, publicado por primera vez el sabado 10 de noviembre de 2012, 08:06, en la revista e-LTE.

Este plan había sido una reverenda locura. Eso es algo innegable. ¿Pero a quién le quitas una idea tan fija cuando estas joven y nada te preocupa? En esos tiempos de temprana edad no había nada imposible de realizar. Era fácil y sencillo todo.

Nos habíamos entusiasmado por ir a conocer algunas de las zonas de escalada más importantes de Estados Unidos y de Canadá y trazamos sobre el mapa nuestro itinerario ideal. Eran cientos y cientos de kilómetros los que habría que recorrer.

No nos espantaba en lo absoluto en que condiciones se encontraba nuestra destartalada y viejísima camioneta. Una gloriosa Combi modelo 1970 que había librado y sobrevivido a más de mil batallas, y esta iba a ser una más y sin temor a equivocarnos, la más sublime de todas, la madre de todas, ya que nos iba a ser el milagro de llevarnos hasta el mismísimo ¡Canadá!.Imagínense, México-Canadá-México.

Además de dedicar agotadoras horas y horas de preparación física y técnica en montaña, nos habíamos especializado en ser los mecánicos expertos en las entrañas del motor de esa Combi. Esa Combi a la cual le llamábamos cariñosamente “la Pirata” por contar solamente con un faro, iba cargada hasta el tope entre equipo, comida y con siete de nosotros.

Fue un verano de hace muchos años ( 23 para ser exactos) y nos adentramos a los Estados Unidos por El Paso, Texas, con la típica bienvenida gringa: desprecios y maltratos por parte del servicio de migración, obligándonos a bajar hasta el último bulto y una revisión exhaustiva de nuestra noble “Pirata” buscando no se que ¿Pues quién creen que somos esos gabachos?. ¿No damos la pinta de escaladores?.

En la fabulosa tienda de montaña REI de Denver compramos bastante equipo tanto de escalada como de montaña, equipándonos como nunca lo habíamos soñado, y nuestro primer lugar elegido es cerca de ahí, llamado “El Jardín de los Dioses” ubicado en Colorado Springs, una zona magnífica de escalada en roca. Desde aquí, vimos y sentimos que todo estaba bajo riguroso control para acceder a cualquier zona de escalada. Llenado de formas y más formas con los “rangers” encargados de dar el visto bueno para permitirnos la entrada.

Luego, al Estado de Wyoming al famosísimo Parque Nacional del Grand Teton (así se llama, ni modo, no era un congal de mala muerte, que quede claro) en donde la organización era perfecta, ya que los “rangers” iban acomodando uno por uno a los grupos que querían ascender a Los Tetons y era como sacar una “ficha” y cuando te llegaba tu turno podías moverte hacia los campos superiores para no saturarlos.

Había de todo, pero especialmente muchos japoneses y nos tocaba esperar tres largos días para nuestro “turno”, y aprovechamos para conocer y comprar provisiones en el pueblito más cercano llamado Jackson Hole, una zona de sky sofisticada y carísima que en el invierno se reserva exclusivamente solo para millonarios.

Un lugar sorprendente ya que las cuatro esquinas que dan acceso al Parque Central de esta pequeña ciudad, eran arcos formados por decenas de cornamentas de caribus, más que admirarlos, nos deja pasmados a todos. ¿Cómo se habían obtenido? ¿A cuantos habían matado? Nos pareció un tétrico y antinatural adorno.

También, aquí se encuentra una tienda de equipo de montaña donde ni tardos ni perezosos nos metemos a curiosear. Es la Exum, que pertenece a los afamados guías de montaña de Los Tetons y en ella había una especie de barra para hacer “vencidas” y una tabla para entrenar algunos ejercicios de escalada.

Una chica de baja estatura y en top se hallaba en ese pequeño gym y era rodeada por varias personas, lo cual llamo nuestra atención ya que le aplaudían cada ejercicio que hacía. Yo le había visto en la película de “Masters of Stone” y cuchicheándoles les dije que se trataba de Lynn Hill (después se convertiría en una de las escaladoras más famosas y conocidas del mundo). Para nosotros fue un privilegio conocerla ya que realizaba un tour por todos los Estados Unidos.

Habíamos esperado pacientemente nuestro “turno”, pero mala suerte, ha comenzado a llover intensamente y Los Tetons son cubiertos rápidamente por un enorme y espeso frente de mal tiempo, y se pone en marcha un complejo dispositivo a cargo de los “rangers” que rápidamente pone a salvo a todos los escaladores que en esos momentos se encontraban arriba. ¡Caray, eso si es organización! No como las chapuzas que vemos por nuestras tierras.

Increíblemente, en pleno verano empieza a nevar. Sin remedio, tenemos que dejar la tentativa al Grand Teton de 4,197 metros el cual queríamos ascenderlo por la ruta “Exum Ridge”. Tristes, abandonamos el Parque (nos suena muy difícil y posible pensar que para la otra será).

Continuamos nuestro viaje a través del inmenso Parque de Yellowstone donde esperamos la salida del geiser llamado “El viejo fiel” llamado así por su extraordinaria exactitud en sus horas de salida.

A partir de aquí se hace patente el respeto a los osos, ya que decenas y decenas de carteles con recomendaciones nos advierten como evitar cualquier ataque, lo cual nos hace sentir una especie de psicosis. Hasta nos bañamos y nos lavamos los dientes para no despedir algún mal olor y atraer algún oso con su extraordinario olfato.

Terminado este grandioso Parque, nos adentramos en Montana y rápidamente llegamos a la frontera Canadiense, donde nos recluyen en un cuarto y nos piden que les enseñemos la totalidad de nuestro dinero. Nerviosos, sacamos hasta las monedas, y al ver nuestra raquítica cantidad de dólares, nos sugieren que por ningún motivo nos quedemos a trabajar. ¿Pues que no ven que solo venimos a escalar? ¡Que trabajar ni que trabajar!.

A la primera ciudad canadiense que nos dirigimos es a Calgary, en la provincia de Alberta, donde en las afueras encontramos por suerte un “camping”. Nuestras metas eran el Monte Victoria de 3,480 y el Lefroy de 3,420 metros.

Aquí visitamos el “rocodromo” de la Universidad, el cual estaba dentro de una especie de “cubo” y había que asomarse para ver a las personas que estaban escalando. En aquellos tiempos era incipiente este tipo de escalada, pero que pronto tendría un desarrollo insospechado.

En la ciudad de Banff (donde se origino el Festival de Cine de Montaña que anda por todo el mundo), y aunque la “Pirata” había sufrido algunas descomposturas, aquí se dio una que parece grave, después de un crujido espeluznante, la primera y cuarta velocidad se niegan a funcionar, y tuvimos que regresar como pudimos nuevamente a Calgary.

A la “Pirata” se la ha llevado una grúa al taller y estamos tensos esperando el guamazo de en cuanto nos iba a salir el chistecito. Era un gasto imprevisto de cerca de 300 dólares canadienses. Y tenemos que hacer una coperacha que como siempre nos duele hasta el alma a todos.

La “Pirata” responde gallardamente y seguimos nuestro camino hacia las cristalinas aguas del Lago Luisa, llamado así en honor de la Princesa del mismo nombre, esposa de quién en aquellos tiempos (1884) era la esposa del Gobernador General de Canadá y donde se halla un gigantesco Hotel (así como el mismísimo de la película del Resplandor) en donde en el fondo se halla el Monte Victoria y el Lefroy.

Para acceder a ellos hay que dar la vuelta completamente por la parte trasera por una carretera de terracería. Casualmente, el guarda del Refugio en el collado entre el Lefroy y el Victoria llamado About Pass resulto ser un conocido mío ya que lo había guiado en su visita a México por nuestras montañas.

Naturalmente, el uso del Refugio tenía un costo y afortunadamente nos exime de él. A cambio, le ayudamos a cortar leña, lavamos trastes, tendemos las literas, barremos y trapeamos, así como prepararle la cena a un grupo de personas que se disponían a pasar la noche en este lugar. Obviamente, se sentía muy contento ya que le habíamos ahorrado ese trabajal que el solito tenía que aventarse.

A la madrugada siguiente ascendemos el Lefroy por una inmensa rampa nevada, que a veces se inclina tanto que nos permite avanzar en cuatro puntos. Las caídas de rocas son constantes y pasan silbando muy cerca de nosotros.

Pero el amanecer no deja de ser espectacular con una tonalidad entre naranja y amarillo y desde la cima un gran número de montañas aparecen ante nuestra vista: el increíble Monte Temple de 3,543 mts, donde en su fabulosa cara norte hacen falta dos días para su escalada, el Hungabee, el Aberdeen, el Niblock, el Whyte y un glaciar gigantesco denominado Wenkchemna, así como los lagos Luisa, Oesa y el O`hara aparecen totalmente con un azul intenso.

Al siguiente día, nuevamente en camino hacia el Victoria, aquí si hay que pasar por algunos pasos expuestos de roca, sobre una reducida arista, es mucho más largo y complicado que el Lefroy pero también lo coronamos. La vista es espectacular hacia el colosal glaciar colgante. El descenso se vuelve peligroso y hay que asegurarse a cada paso, haciéndolo muy lento y agotador.

Continuamos nuestro camino hacia Vancouver en la Columbia Británica y de igual manera que al principio, los gringos nos niegan el paso en su frontera para retornar a los Estados Unidos, no hay alguna explicación lógica, y nos hacen esperar casi ocho horas en ella. Cambia el turno del tipo que nos retenía y el siguiente oficial que ocupa su lugar nos deja pasar tranquilamente. Así es esto. Habíamos aprendido que con los gringos solo hay que aguantarse un poco y no abrir la boca.

Entramos al estado de Washington, directamente a la ciudad de Seattle para ascender el Monte Rainier de 4,392 metros. Nos dirigimos a Cougar Camp donde nuevamente hay que registrarse. Los “Rangers” dudosos, nos hacen que les enseñemos primero, nuestro equipo, después, nos preguntan cual es nuestra experiencia en montaña (ya saben, no falto el que le puso El Chiquihuite y el Ajusco en Invernal, la Cara Norte del Cerro de la Estrella y otras cuantas “difíciles” escaladas) y se la ¡creyeron tal cual! Y de veras que no era el día de los Inocentes. Nos destornillábamos de la risa cuando salimos de su oficina con el permiso en la mano.

Instalamos nuestro campamento junto con otras muchas tiendas precisamente en Miur Camp. Los grupos de gringos se levantan muy temprano y parten cerca de las tres de la madrugada. Nosotros iniciamos hasta las cuatro y vemos todo una procesión de lámparas por delante de nosotros.

Los guías han encordado a sus “clientes” desde el mismo campamento y esto hace que se muevan muy lentamente, lo cual aprovechamos para ir rebasando a gente y más gente. Fue tal el buen ritmo que llevábamos que nos colocamos al frente de todos. Solo tres gringos nos aguantaron el paso hasta un lugar donde empezaba el glaciar y nos equipamos con los crampones y piolets, además de encordarnos.

Me pareció una pendiente muy inclinada y le entramos con dos piolets. Obviamente, esta no era el comienzo de la vía “normal” que había que seguir. Los gringos nos preguntan que cuantas veces habíamos subido y se les escapa un grito cuando les contestamos que ninguna. No les queda de otra más que seguirnos. ¿Para que se nos pegan no?

Somos los primeros en encumbrar ese día en esta magnífica montaña. El “Bufa” me pide que lo deje llegar en primer lugar, y cortésmente le cedo el paso. “Vas mi Carnal, es toda tuya”. Las de San Pedro se le escapan, verdaderamente, era un sentimiento muy sublime el poder estar aquí, sobre todo por las condiciones en que nos habíamos aventurado, venciendo obstáculo tras obstáculo, piedra tras piedra. Y nos fundimos en un abrazo fraternal todos nosotros. Nos habíamos dado cuenta que de aquí para adelante, nada ni nadie nos podía detener en esto de las montañas.

Los gringos que nos seguían, también se acercan a nosotros y nos dicen eufóricos “Good mexican route”. De todos los demás que vimos en la madrugada ninguno se veía. Y emprendimos el descenso….

Y también el regreso….. A la “Pirata” hubo que bajarle el motor con ayuda de un extraordinario mecánico de Seattle que milagrosamente decidió echarnos la mano altruistamente, sin paga alguna, solo nos daba indicaciones de que hacer mientras arreglaba otros autos y se la pasaba comiendo golosamente nachos y hamburguesas. Nos quedaba el dinero exacto para regresar y no teníamos otra alternativa.

Todavía nos detenemos en las paredes de Aculco nada más para no dejar. Con el último suspiro de gasolina y cuando estábamos en las Torres de Satélite y vimos el Toreo, sabíamos que la habíamos librado, después de mes y medio de un maravilloso y largo viaje mágico y misterioso ….. Nuestra “Pirata” había aguantado como las mejores…

Fotos por: Raymundo Arciniega Dettmer
Escrito por: Raymundo Arciniega Dettmer

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