El Tupungato: El Mirador de las Estrellas

Después de muchas horas de vuelo desde México y luego desde Río de Janeiro, la voz del piloto nos sobresalta de nuestro tranquilo sueño con sus acostumbradas y clásicas instrucciones: “Damas y caballeros favor de abrocharse los cinturones, en unos momentos estaremos próximos aterrizar en el Aeropuerto de Santiago de Chile. El Aconcagua aparecerá en su lado derecho”.
¡Mala suerte! Por más que estiro el cuello no lo divisaba ya que viajaba pegado exactamente en la ventanilla contraria. Pero de nuestro lado, dentro del mar de montañas aparece una especialmente gigantesca de extraordinaria altura, que sobrepasaba por mucho a las que la rodeaban y nos ha dejado profundamente impresionados.
En esta ocasión, nuestra meta era ascender la montaña más alta de América: el Aconcagua de 6960 metros que se ubica en Argentina. Finalizado este y al haber culminado con éxito las 10 personas que guiaba en su cima, el entusiasmo era desbordante y nos fijamos como próximo objetivo intentar esa montaña que vimos desde el aire.
Regresando a Santiago y con la orientación de nuestros excelentes amigos del Club Andino Águila Azul, nos dimos a la tarea de reunir la mayor información posible acerca de ella y por su recomendación la abordaríamos precisamente desde el lado chileno, ya que es mucho más corto el acercamiento y por ello su costo se vería mucho más reducido.
“El Mirador de las Estrellas” eso es lo que significaba el nombre del Tupungato de 6,550 metros de altitud y por esta razón se convierte en un desafío muy serio. Al ubicarse precisamente en la frontera chileno-argentina, la hace presentar una logística de acceso muy complicada, primero, desde el punto de vista burocrático, debido a que se tienen que solicitar ante cuatro diferentes instancias del Gobierno Chileno, cuatro permisos para poder acceder a esta montaña.
En segundo, el acercamiento es sumamente largo de aproximadamente unos 55 kilómetros, y en el cual, necesariamente, se tiene que contratar por lo menos un arriero para conducir las mulas de carga que transportaran el equipo y la alimentación. En tercero, existen dos caudalosos y potentes ríos que se tienen que cruzar a lomo de caballo, para evitar ser irremediablemente arrastrados por la helada corriente.
Después de dos años del Aconcagua , inmediatamente al llegar a Santiago de Chile, iniciamos los cuatro trámites. Primero, ante el Ministerio de Límites y Fronteras, otro ante el Destacamento Militar instalado en Puente Alto, el siguiente ante el Ministerio de Ganadería y Agricultura, y el último ante el Complejo Hidroeléctrico “El Alfalfal”.
Habíamos invertido una semana de locura en ello ya que corríamos de oficina tras oficina. Y cada una tenía sus razones para exigírnoslo. Las preguntas que nos formulaba cada instancia eran muy similares a un interrogatorio, ya que se les hacía muy extraño que unos extranjeros pretendieran acceder a esa zona solo para subir esa montaña. El Tupungato no era muy asediado por los chilenos ni por expediciones extranjeras, ni mucho menos era una montaña comercial. Cuando al fin estuvieron todos los permisos en nuestras manos saltamos de alegría y corrimos a contratar el Jeep que nos transportaría al siguiente día.
Es interesante el porque de estos engorrosos trámites. El de Límites y Fronteras es debido a que existe un paso fronterizo no habilitado hacia Argentina, que se ubica a más de 5,000 metros, lo cual ninguna persona en su sano juicio utilizaría. En él se nos hace firmar que no rebasaremos la frontera chilena y no nos adentraríamos en territorio argentino.
El permiso de los militares, era requerido porque necesariamente teníamos que librar un control militar que bajo ninguna circunstancia autoriza a traspasar su barrera si no se cuenta con una orden de alta jerarquía expedida en su cuartel general de Puente Alto. Primero, porque aquí se da el acceso a un gran complejo hidroeléctrico que genera gran parte de la energía que se utiliza en la ciudad de Santiago, alimentado por el ancho y caudaloso río Colorado llamado así por su coloración, y además, por decenas de afluentes de todos tamaños. Por doquier corre el agua.
Además, al haberse erradicado por completo la fiebre aftosa en Chile, existe un enérgico control por parte del Ministerio de Ganadería para que ningún animal de carga que contratemos, rebase la zona donde estableceremos nuestro campamento base. Debido a que si se tiene contacto con el ganado del lado argentino pueda contaminarlo. Esta barrera militar actuaría inmediatamente para sacrificar al animal de carga que lo haya hecho, y lo más grave, encarcelar al arriero que haya rebasado ese límite permitido.
En Chile, una parte de la distribución de la luz eléctrica pertenece a empresas privadas, y el Complejo Alfalfal es uno de ellos controlado por Chilectra. Esta Empresa nos tendría que expedir su permiso ya que al inicio de la marcha de acercamiento, necesariamente tenemos que pasar a pie por las enormes e impresionantes turbinas que generan la electricidad. Sus oficinas en Santiago son fastuosas. Una guapísima secretaria y un ingeniero nos solicitaron varias copias de nuestros pasaportes y nos traían a la vuelta y vuelta. Pero admirar a las secretarías valía la pena.
El Jeep nos ha llevado lo más alto que podía, hasta donde se acababa el camino de terracería y se ubicaban las turbinas. Hemos caminado un poco para alejarnos del ruidoso estruendo que generaban y montamos nuestro campamento. Mañana temprano, en este lugar, nos encontraremos con el arriero que contratamos esta misma mañana.
Somos tres personas y nuestro raquítico presupuesto solamente nos permite contratar dos mulas que cargarán cada una 30 kilos. El arriero nos comenta que ve muy complicado pasar el Río Azufre sin contar para nosotros un caballo. No se quiere arriesgar, pero de alguna manera con nuestros ruegos lo convencemos y con la promesa de obsequiarle el cable de escalada al final de esto además de su pago, iniciamos la larga marcha.
El va ir al ritmo de su caballo controlando a las mulas y nosotros iríamos prácticamente trotando tras él. Es un arriero sumamente amable y comprensivo, ya que cuando nos deja de ver nos espera, a veces por largo rato. Nos había advertido que este primer día había que cruzar un río donde será necesario pasar a caballo y que había que acampar antes de atravesar el otro, llamado río Azufre.
La mecánica que el arriero establece es la siguiente: Pasa primero al otro lado del río con su caballo y le mandamos los lazos de sus mulas, las jala y las amarra. Ahora el nos manda el lazo de su caballo y lo pasamos a nuestro lado. Le mandamos el lazo y montados en el caballo pasa uno a uno de nosotros, y así estamos todos del otro lado. Por supuesto, el caballo no parecía que estaba contento ni de acuerdo con esta decisión.
Al atardecer llegamos a la orilla del río Azufre y nos indica que aquí hay esperar el amanecer, para que el nivel del caudal baje al descender drásticamente la temperatura por la noche. De otra manera, los animales pueden ser arrastrados por la corriente junto con nosotros. Es un río de apenas unos 7 metros de ancho pero con una fuerza increíble ya que en su interior se oye el choque de rocas que arrastra. El arriero nos explica que si una de ellas golpease algún animal en su pata, este caería. Se nos ha quitado el hambre y el sueño solo de saber que mañana tendremos que pasar por ahí.
No amanece todavía y el arriero se lanza con su caballo del otro lado. El caballo paso a paso cruza muy lentamente, buscando el mejor apoyo en cada una de sus patas. Estamos muy intranquilos porque no le vemos la diferencia al caudal que había ayer al de hoy. Alejandra Martínez Velázquez pasa primero siguiendo la mecánica del cruce del río anterior. Ahora es Martín Orozco Corona que maldice durante los minutos que dura esto. Es mi turno, soy el más pesado y la verdad, me muero de miedo.
En cuanto se pone en marcha el agua inmediatamente trata de arrastrar al pobre caballo. Es un caballo muy grande y fuerte, pero sin embargo, el agua le llega hasta la barriga y me mojo completamente los zapatos. Me dicen que estoy muy pálido. Ha sido muy fuerte la impresión. El arriero de muy buen humor solo se ríe de nosotros.
Ese mismo día por la tarde, el arriero decide dejarnos junto con la carga a unos tres kilómetros antes del Campamento Base. En este lugar se conoce como “La cuesta del mal paso” porque según el, era imposible pasar con sus animales. Y como tenía razón.
Con tan solo su mano nos señala a lo lejos la dirección que tenemos que seguir para llegar al Tupungato. Nosotros le indicamos que exactamente en siete días regrese por nosotros al río Azufre para que nos ayude a cruzarlo. Si no regresase, estaríamos prácticamente atrapados de este lado. Tenemos que confiar en que lo hará. Se despide con parcas palabras y se marcha a todo galope ya que tiene que llegar hoy mismo hasta la barrera de los militares.
Ahora si, nos hemos quedado completamente solos. Como podemos, acomodamos todo dentro de las mochilas. Están increíblemente pesadas. Para poder lograr remontar la “Cuesta del Mal Paso” tuvimos que utilizar los piolets en tracción para no resbalar. Es una rampa inclinada de tierra muy dura de unos 50 metros con un río abajo. Nos tenemos que asegurar con el cable para lograr superarla. La montaña nos devela poco a poco sus dificultades.
Desde antes, estábamos convencidos que estaríamos intentando un tipo de montaña muy dura y muy alta, muy diferente a la montaña tipo comercial como el Aconcagua, que cuenta con una infraestructura muy desarrollada para su ascensión. Aquí no nos encontraríamos con nada. Ni guías, ni alguna señalización del camino, ni helicópteros de rescate, ni ubicación exacta de los campamentos, ni control médico en la base, ni comida o bebidas. Sabíamos que era una gran ascensión por el reto que significaba para tan solo tres personas. No nos habíamos equivocado, el escenario no podía ser más salvaje y grandioso.
Ubicamos nuestro mal llamado “campamento base” en una apacible planicie donde corría un riachuelo de agua clara. Deducimos que este lugar es “La Vega de los Flojos”. Nos encontramos a 4,200 metros. Toda la ascensión la efectuaríamos con nuestra mochila a cuestas e iríamos instalando los campamentos conforme ascendiéramos y en donde lo consideráramos pertinente.
En este lugar, escondemos un costal con provisiones para cuando regresemos. Son los últimos días de diciembre y con el verano austral en su apogeo, aprovecharemos la larga luz del día para progresar lo más que podamos. Van hacer jornadas muy agotadoras.
Después de un frugal desayuno iniciamos nuestro primer día de ascensión. Bordeando un río, poco a poco nos acercamos a la montaña nevada que cierra este magnífico valle. Aquí todo es en magnitudes impresionantes. No hay camino ni indicios que nos den idea por donde progresar. Tenemos que echar mano de toda nuestra experiencia para seguir el camino correcto.
Armamos la tienda en una especie de morrena donde existen grandes rocas y corre un hilo de agua para abastecernos. Por precaución y para lograr una mejor aclimatación nos detendremos en este lugar a 4,650 mts. para no dormir muy altos, y no librar grandes desniveles en poco tiempo. Nuestro objetivo de mañana es llegar al collado que une al Tupungato y se convierte en la línea de la frontera de Chile y Argentina.
Durante el segundo día, dormimos a 5,000 metros, justo antes de iniciar un gran campo de enormes penitentes. Con la altitud superada, ahora ya podemos ver hacia las montañas del lado argentino. Para conocer, vamos a localizar el punto donde esta marcado exactamente el límite fronterizo.
El tercer día se vuelve complicado y complejo, ya que nos extraviamos en el laberíntico campo de penitentes y perdemos gran parte del día. Además, es muy difícil caminar y la marcha se ve a menudo detenida. Quizás, la otra opción era caminar completamente sobre el límite fronterizo, pero desafortunadamente, muy tarde nos dimos cuenta de ello. Acampamos a 5,700 metros. Mañana intentaremos la cima.
Nos levantamos a las 5 de la mañana para preparar agua tanto para desayunar como para hidratarnos en esta jornada. Teníamos que ir muy ligeros para avanzar relativamente rápido. Nos sentíamos un poco nerviosos ya que en el transcurso de la noche nevó y estuvo soplando viento. Afortunadamente, el cielo estaba completamente despejado y era grandiosa la cantidad de estrellas que brillaban.
Decidimos desarmar la tienda para que el viento no la destruyera o la arrastrara, aun a pesar de que la habíamos anclado a grandes rocas. Le quitamos una varilla para atarle una pañoleta y nos sirva esta de referencia como un hasta, para encontrarla en el descenso entre todo este caos de rocas. Estábamos seguros que si se nublaba estaríamos en graves aprietos.
El termómetro marcaba menos 15 grados y llevamos toda la ropa puesta, incluyendo las chamarras de plumón. El amanecer que nos depara es esplendoroso con brillantes colores rojizos, violetas y todos los diferentes tipos de azules, que contrastan con la increíble cantidad de montañas que están a nuestra vista . Poco a poco nos adentramos en la canaleta que conduce a la cima. A lo lejos, destaca majestuosa la montaña más alta de América: el Aconcagua que nos muestra sus tres mil metros de su vertiginosa pared sur. Paso a paso ascendemos y la gran altitud nos ha hecho ser más lentos ya que a cada tres pasos nos agachábamos a recuperar el aliento. Se hace eterno, ya que es muy inestable el terreno y resbalamos constantemente aunque nos apoyamos fuertemente en los bastones.
Alejandra Martínez decide darse la vuelta a unos 6,350 metros. Su ritmo había disminuido paulatinamente por el cansancio y estaba exhausta. Nos pide que nosotros continuemos y nos asegura que puede descender sin ayuda. Poco antes de las doce del día coronamos la cima e iniciamos prontamente el descenso.
Hemos alcanzado a Alejandra que nos ha esperado pacientemente en el mismo lugar, no se ha movido para nada. Juntos, como sabuesos, buscamos afanosamente la pañoleta que nos indica donde esta ubicada la tienda. En este tipo de montañas, se pierde la magnitud y no existen puntos de referencia para orientarnos. Algunas veces vamos hacia Argentina, otras hacia Chile, todo es igual de confuso en esta inmensidad.
Alejandra distingue con gran precisión el crucial punto amarillo.
Al siguiente día, descendemos hasta el lugar donde habíamos dejado las provisiones en la Vega de los Flojos y nos recuperamos un día. En el río Azufre nos despiertan los chiflidos y los gritos del arriero que había acudido puntualmente a la cita. Ahora si podía decirse que lo habíamos logrado. Antes no.
El Tupungato había sido una gran experiencia para nosotros tres. Significaba una búsqueda para adentrarnos donde dependiéramos totalmente de nosotros mismos, descubriéndonos, venciendo nuestros miedos, frustraciones, indecisiones. Todas las decisiones habían sido nuestras. A nadie le habíamos pedido consejo u orientación. Nuestro único acompañante había sido el silencio y el viento de esta gigantesca montaña.





Fotos por: Raymundo Arciniega Dettmer
Este artículo fue escrito por Raymundo Arciniega Dettmer, fue publicado por primera vez el jueves 12 de mayo de 2009, 17:58, en la revista e-LTE.
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