El Popócatl: El Pozo Que Humea

La TAPO se hallaba a rebozar por todos lados en ese inicio de vacaciones de Semana Santa de este 2011. Un mundo de gente se encontraba en la sala de espera y empujándonos unos con otros nos logramos colar en la fila para que registrasen nuestras voluminosas mochilas con destino a Córdoba a las 11 de la noche.

Hace 15 días venimos a comprar previsoramente los boletos y el cuate que quería anexarse en el último momento nos deseo suerte mirándonos desde el andén. Una triste despedida de este confiado y despistado amigo que creyó que la suerte iba a estar con él y conseguiría un asiento para hoy mismo e irse con nosotros.

Todavía de madrugada nos bajamos adormilados en Córdoba y pretendemos echarnos un “coyotito” en el suelo de la estación tumbados en nuestros colchones. Como siempre, la autoridad nos levanta con sus buenos modales y dice que solo podemos dormir en posición de sentados o parados. ¡Háganos el grandísimo favor!

A las 5 am nos movemos a la estación que se encuentra en la parte trasera en donde tomaremos el autobús “guajolotero” de segunda o ¿tercera? clase que nos llevará al mismo corazón de la Sierra de Zongolica.

Resultó ser un antiguo camión de escuela donde el chofer nos apura a subir a la canastilla de arriba nuestras mochilas y en medio de un caos de cajas de plátanos, jitomates y gallinas vivas, nos apresuramos a conseguir prontos un incómodo asiento.

Poco más adelante, y con el desconcierto de los nuevos, en el pueblito de Naranjal se detiene y el chofer se baja tranquilamente a tomar su desayuno. Terminado este, proseguimos el inicio de la brecha que se interna en la Sierra. Y ahora sí que empieza la verdadera diversión.

El camión se mueve como un ratón loco hacia todos lados y hay que agarrarse fuertemente en los asientos para no salir despedidos. Los que ilusamente pensaban que iban a dormirse profundamente están completamente desesperados.

En algún paraje antes de nuestro destino, el camión se detiene completamente y ¡oh sorpresa! Lo que nos faltaba, se suben dos encapuchados con pistola en mano y exigen amenazadores que les entreguemos las carteras.

Por supuesto, no estamos dispuestos a entregarles nada, y les damos una especie de” limosna” que parece conformarlos. Aunque sus pistolas parecen que no son verdaderas, ninguno de nosotros intenta repeler contra ellos. No queremos comprobarlo.

A algunas personas sí que las maltratan, pero por suerte a ninguno de nuestro grupo ya que van con nosotros 6 mujeres. Uno de ellos trata de bajar el costal del pesadísimo equipo y por dentro nos burlamos del tipo, ya que solo entre dos personas lo podemos mover. Y lo deja enojado y maldiciendo dándole un puñetazo.

Más que miedo, sentimos coraje ya que no entendemos como en esta zona otrora tan tranquila, estén sucediendo estos hechos tan deleznables.

Afortunadamente, el grupo lo ha tomado como parte de la aventura del viaje y pronto es olvidado. Pero personalmente, si me ha dejado un muy mal sabor de boca, por lo que hay que tomarlo en cuenta para próximas excursiones y sobre todo, si llevo en alguna otra ocasión personas extranjeras.

Con 20 minutos de caminata estamos en Totomaxapa y el Sr. Lorenzo Tepepa nos atiende espléndidamente en su casa, la cual le adaptó un lugar para que los visitantes puedan estar y comer cómodamente. Y además, nos brinda su enorme “patio” para acampar.

El pozo del Popoca se halla a tan solo 15 minutos de este lugar y es donde desaparece el río Coátl en una oquedad de 45 metros de diámetro.

Ahora entiendo porque este lugar era considerado como sagrado por los antepasados. Y ahora también, me explico cómo la gente sigue acudiendo a este bellísimo e incomparable lugar para pedir esperanzados que sus cosechas sean abundantes, ofreciéndole para ello gallinas, botellas de licor, ramos de flores, etc. en sacrificio arrojándolos en su profundidad dentro de él.

El ruido de la caída de agua de 75 metros es ensordecedor, y la brisa nos va empapando poco a poco. El descenso desde la primera repisa ha cambiado muchísimo desde hace 10 años que lo baje. Ya que existen diversos anclajes parabolts que facilitan la instalación del cable y varios fraccionamientos para agilizar la logística, ahorrándonos un valioso tiempo.

La llegada a la poza final es como siempre heladísima, en contraste al sofocante calor que existe en la superficie, y por momentos nos sentimos ateridos de frío.

Poco a poco el grupo se reúne abajo, disfrutando del paisaje endémico, totalmente diferente del que se halla arriba. Y después de dos horas, uno a uno emprende el ascenso que parece lejano a la primera repisa.

Algunos lo van superando poco a poco, otros muy ágilmente, pero la sensación de vacío es infinita para todos. No falta el que pregunta asustado todavía a medio ascenso, si el cable está bien puesto.

Recuperado el equipo y todos hambrientos, nos dirigimos presurosos a devorar la exquisita cena que nos han preparado la esposa de Don Lorenzo, en la confortable cabaña que se ha adaptado como restaurante. Cuando vayan, no dejen de probar los exquisitos frijoles de la olla, entre otras especialidades de la siempre atenta señora.

Que bello y exuberante lugar es este lugar, enclavado en el profundo corazón de la Sierra de Zongolica de Veracruz, y que nada le pide al propio paraíso.

La reunión nocturna en el campamento alrededor del calor de una resplandeciente fogata, y con un cielo poblado de cientos de estrellas, hace obligado que prometamos que muy pronto estaremos de nuevo por aquí.

Fotos por: Raymundo Arciniega Dettmer

Este artículo fue escrito por Raymundo Arciniega Dettmer, fue publicado por primera vez el martes 18 de agosto de 2011, 12:59, en la revista e-LTE.

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