La Pared Noreste del Huascaran Norte

La Cordillera Blanca del Perú siempre ofrecerá grandes posibilidades de realizar objetivos de montaña para todos los niveles y para todos los gustos. Ubicada a 400 kilómetros de Lima la capital, en el Departamento de Ancash, contiene en sus 180 kms. de longitud, 30 montañas que sobrepasan los seis mil metros de altitud, y otras 30 con alturas mayores a 5,700 metros, por lo que se convierte en un basto, inagotable y atrayente campo para cualquiera que emprenda una aventura fuera de nuestras fronteras.
Aunado a este gran número de montañas, se complementa con la gran rapidez con la que se accede a ellas, su bajo costo, así como su clima benigno, la hacen, indudablemente, como ninguna otra en el mundo entero.
La ruta que habíamos elegido era soberbia, descomunal, fastuosa y directa, que nos conduciría a la segunda cima más alta de los Andes Peruanos: el Huascarán Norte de 6655 metros de altitud por su mítica pared noreste que se eleva 1700 metros de desnivel de un tirón desde su base a la cima. La pared ofrecía pasajes rocosos al inicio y continuaba con terreno mixto de roca, hielo y nieve, finalizando con una pared extraplomada de 60 metros para acceder a la cima. La intentaríamos en el más puro estilo alpino, sin cuerdas fijas, vivaqueando a lo largo de la pared conforme progresáramos, y realizando la escalada totalmente en libre.
No tendríamos ninguna comunicación o enlace con la base para solicitar algún tipo de ayuda. La montaña estaba completamente desierta, ya que ninguna otra expedición rondaba por la zona debido a que muy raras veces es frecuentada. Ya adentrándonos en la pared, estábamos concientes que las condiciones serían muy difíciles y expuestas para pensar en un abandono o retirada. O salíamos hasta arriba o salíamos. No nos quedaría de otra.
Por aquél tiempo (1988) tan solo tenía dos ascensos, el primero francés que en 1973 Maurice Barrad había culminado bajo un despliegue de gran cantidad de material de escalada, en el cual se había fijado prácticamente toda la pared, y el segundo algunos años después, por un equipo español comandado por Juanjo San Sebastián. Por lo que de completarse nuestro ascenso, sería el primero a nivel latinoamericano. Esto para nosotros era muy estimulante y un fuertísimo reto.
Además, la incertidumbre era abrumadora, ya que no contábamos con alguna información o descripción de la vía, lo cual nos ayudaría a que material o equipo elegir, así como el de conocer de antemano los pasajes de mayor dificultad. Era como si estuviéramos abriendo una nueva ruta.
Habíamos aclimatado ascendiendo a otras montañas cercanas y transportando el material y la alimentación a la base de la pared. Esto también, nos serviría para inspeccionar de cerca la montaña ya que temíamos a los peligros objetivos como el que se desprendieran avalanchas de nieve y caídas de roca, pero tal parecía que estaría libre de ellos. Nos hemos preparado como nunca, y habíamos conjuntado un fuertísimo grupo con una gran experiencia y una extraordinaria solidez para acometer esta grandísima y comprometida empresa.
Desde su inicio, la pared había puesto sus defensas ya que el primer obstáculo era avanzar por una pared muy lisa de unos 80 metros de 5.10 de dificultad y que contaba con muy pocas fisuras para obtener buenos anclajes. Su dificultad se veía aumentada ya que había que superarla con botas plásticas y con nuestras voluminosas y pesadas mochilas. Esta sección nos llevaría superarla todo este primer día.
Para instalar nuestro primer vivac nos hemos protegido bajo una pared, y como lo haríamos a lo largo de toda la vía, todo estaría asegurado, tanto nosotros como todo el material. La noche se vuelve muy incómoda, ya que a cada rato resbalábamos en las colchonetas debido a la fuerte pendiente.
A los lados se oyen estruendosos aludes que por fortuna caen muy lejos de nosotros, pero que no dejan de inquietarnos.
El segundo día, casi de madrugada, escalamos una esculpida y vertical pared de roca de 15 metros, y encaramados sobre una fina capa de hielo de verglas que de milagro nos ha aguantado, podemos progresar lentamente con las puntas de los crampones y de los piolets. La tensión es total ya que no hay donde colocar un solo seguro.
Superado este pasaje, ahora es la nieve la que predomina pudiendo avanzar más rápidamente, lo que nos permite ganar mucha altura.
Nuestro segundo vivac es relativamente cómodo y nos permite preparar abundante sopa y grandes cantidades de agua, que calmaron la sed recalcitrante y el hambre atroz.
El tercer día, otra vez de madrugada y a la luz de nuestras lámparas frontales, avanzamos poco a poco sobre una arista mixta muy aérea. En este día, la pared nos ha puesto una verdadera trampa, y hemos equivocado la vía, por lo que tenemos que realizar cuatro expuestos rapeles con anclajes muy precarios. Afortunadamente y al caer la tarde, hemos logrado remontar lo perdido y milagrosamente existen justamente aquí dos pequeñas grietas en el hielo que las adecuamos para pasar nuestro tercer vivac.
La Pared se nos revela gigantesca. La nitidez y la transparencia del frío aire nos engañan con las enormes magnitudes y distancias. Tal parecería que nunca tendría fin.
Ahora ya se nos muestra en su totalidad la enorme cara nevada y agrietada del Huascarán Sur de 6768 metros, la mayor altura de los Andes Peruanos. Donde a cada rato rugen impresionantes avalanchas.
Para nuestro cuarto día, nos depara una interminable e inclinada pala de nieve de unos 60 grados de inclinación, donde tenemos que estar seguros de haber puesto correctamente nuestras herramientas para progresar. Un error sería fatal ya que los tornillos de hielo que hemos puesto como seguros para detener alguna caída y en las reuniones, son meramente psicológicos.
Son 21 largos, estamos exhaustos, pero al caer la tarde, nos colocamos en donde la vía ofrecería su última resistencia: una pared de granito gris totalmente extraplomada de unos 60 metros. No había lugar a dudas, estábamos ante lo más difícil de esta pared. Su aspecto era salvaje y amenazador.
Nos sentíamos cómodos en el vivac, aunque apretujados unos con otros podemos descansar. Nuestros pies cuelgan en el vacío y había que coordinarnos para realizar cualquier movimiento en tan estrecho espacio. Es una maraña de cables ya que absolutamente todo estaba asegurado.
Sin embargo, la vista de las montañas es espectacular, sobre todo el grupo de los Huandoy, el Chacraraju y la Chopikalqui lucían imponentes.
Al amanecer del quinto día dejamos que el sol nos reconforte e iniciamos el rito de la escalada, acomodando cada pieza del equipo en su lugar correcto. Sabíamos que pronto afrontaríamos lo más desafiante. Metro a metro, mejor dicho, centímetro a centímetro, nos vamos elevando en una danza exquisita para no caer. No escatimamos en poner anclajes, la roca era extraordinariamente sólida y nos ofrecía abundantes fisuras. Los camalots y los estopers se adaptaban perfectamente.
La reunión no podía ser más área y los cables cuelgan totalmente en este descomunal y vertiginoso patio. Nos quedan aún veinte poderosos metros. Las mochilas las recuperamos costaleándolas con un sistema de poleas, ya que sería imposible progresar con ellas en la espalda.
La segunda pieza de esta danza aérea ha concluido y la pared pierde su inclinación. ¡Habíamos salido! Ahora, con pasos torpes y haciendo grandes pausas vamos a la cima y la coronamos jadeantes. Era maravilloso el estar aquí. La montaña había sido misericordiosa con nosotros. Habíamos cristalizado un sueño vivido con los ojos abiertos desde hace más de un año. Solo tenemos energía para palmear la espalda e iniciamos el desconocido descenso hacia nuestro último vivac.
Obscurecía cuando debajo de una gran grieta a unos 6,500 metros de altitud nos preparamos para pasar nuestra última noche en esta montaña. Por supuesto que no la íbamos a descender por la pared que habíamos escalado, si no totalmente por su otra vertiente que desciende hacia su ruta normal. Mañana nos ocuparíamos de eso y esta noche tan solo trataríamos de descansar lo mejor posible.
Ahora, con el último suspiro que queda de gas de la estufa preparamos un pocillo de agua. Habíamos dejado una ciruela pasa y un dulce para cada quién. Todo el alimento se había terminado. Se acumulaba todo: cansancio, hambre y sed, y lo más angustiante, que no teníamos ni idea por donde íbamos a descender ya que tampoco teníamos idea por donde transcurría .la vía de descenso.
Al amanecer, es una tortura volver a calzarnos las botas y guardar todo en las mochilas. Las manos y los pies están muy torpes y rígidos. Cada movimiento es costoso. La altura y el frío nos han mermado. Nos encordamos como podemos e iniciamos el largo descenso. Son las 8 de la mañana. Montamos dos rapeles con las dos últimas estacas para ubicarnos en una zona de menor pendiente y con menos grietas.
Llegamos al lugar conocido como “La Garganta” que es el collado donde se unen las dos cimas del Huascarán, con impresionantes y descomunales grietas. Los puentes de nieve son muy endebles y los pasamos arrastrándonos. ¡El campamento II de la ruta normal se ve claramente pero no hay nadie¡ y decidimos seguir de largo.
Continuamos descendiendo como autómatas por un caos de grietas y constantemente nos tumbábamos a descansar. Finalmente estamos en las tiendas del campamento I. En una tienda se oyen voces y al oírnos salen a encontrarnos tres personas que por nuestro aspecto se alarman. Nos empiezan hacer preguntas en inglés y debido a nuestra falta de coordinación y cansancio apenas contestamos balbuceando. He reconocido a dos personas de Monterrey que conocí en una estancia en el Iztaccíhuatl. ¡Que gran casualidad que se hallen precisamente aquí!
Les comunicamos por donde hemos ascendido y se sorprenden. Se ocupan inmediatamente de nosotros y en unos minutos estamos magníficamente y solícitamente atendidos. Nos recostamos dentro de su tienda y preparan agua y más agua. La sed era insaciable. No falta la machaca, que con gran esmero nos han cocinado pero que no podemos definitivamente tragar. Que agradable era ser tratado así. Ellos intentarán la ruta normal. Después de una hora nos volvemos a poner en marcha. Muy agradecidos les deseamos la mejor de las suertes y nos despedimos.
La llegada al campamento base pasa desapercibida aunque esta poblado con un gran número de tiendas. Nadie hace caso de nuestra presencia, cosa que agradecemos. Decidimos no pararnos aquí. Tan solo nos quitamos las botas dobles de plástico y toda la ropa de abrigo ya que sentíamos un calor infernal, y nuevamente reanudamos el descenso con nuestros cómodos tenis.
Obscureciendo, alrededor de las 7 de la noche, llegamos al caserío de Musho a 3000 metros de altitud, de donde parten todas las expediciones. Hasta aquí llega el transporte y también se contratan los arrieros que conducirán los animales que llevarán la carga. Buscamos un lugar donde pasar cómodamente la noche y como no, el hostalito se llama para variar “Huascarán”. Hemos descendido 3,500 metros de desnivel en unas once horas. Estábamos agotadísimos. La señora que nos atiende no daba crédito a lo que comíamos y a los litros de agua que ingeríamos. El HUASCARÄN, nunca lo olvidaremos.





Fotos por: Raymundo Arciniega Dettmer
Este artículo fue escrito por Raymundo Arciniega Dettmer, fue publicado por primera vez el martes 19 de febrero de 2009, 16:36, en la revista e-LTE.
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